La crisis económica ya no golpea la puerta: entró y se sentó en la mesa de los municipios. En la provincia de Buenos Aires el panorama es directamente caótico, con intendentes de todos los colores políticos que reconocen, sin vueltas, que no saben si van a poder pagar los sueldos de abril. Y lo más preocupante: nadie se anima a mirar más allá de las próximas semanas.
El temblor no se queda en territorio bonaerense. La malaria municipal se derrama por el país y Catamarca siente el impacto de lleno. Los intendentes locales siguen con las cuentas al rojo vivo y una sensación común: este es, por lejos, el peor momento de los últimos años.
Puertas adentro lo dicen sin maquillaje. No alcanza. La plata no cierra. Y mientras desde Nación aprietan con la caída de la coparticipación, en la provincia hacen equilibrio para asistir a los municipios más complicados, aunque el margen también es cada vez más chico.
¿En qué se traduce la crisis? En lo básico. Pagar sueldos, sostener servicios y apagar incendios diarios. Desde la entrega de alimentos hasta cargar combustible para que funcionen los vehículos municipales, pasando por medicamentos o cuestiones de seguridad: todo está en riesgo.
Ante ese escenario, el ajuste bajar fuerte en los municipios. Recorte de horas extra, eliminación de bonificaciones, congelamiento de ingresos y reacomodamiento de personal. Traducido: hacer más con menos… o directamente dejar de hacer.
El diagnóstico es crudo. Algunos intendentes hablan de un escenario “como nunca antes”, otros directamente lo califican como el peor año de sus gestiones.
La crisis, por ahora, no tiene freno. Y en los municipios, donde el impacto se siente primero, ya se vive día a día.
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