Harry Quién?

En un partido electrizante, jugó y luchó por millones y se regaló un triunfo para toda la vida; ahora espera España, para coronar un Mundial inolvidable

ATLANTA.- En Rosario, en Mar del Plata, en Pujato, en Calchín y en el pueblo más recóndito del país, esta noche habrá un recuerdo que durará toda la vida. Es el que acaba de regalar este grupo de jugadores. El que volvió a llevar a Argentina hasta una final del Mundial. Un equipo que puede sufrir, que puede tambalear, pero que nunca deja de competir. Y cuesta escribirlo sin emocionarse. Porque este partido marcará no solo a una generación, sino a todos. Por el rival, claro, pero también porque es la puerta de entrada a lo que puede ser otra tarde inolvidable: la posibilidad de ser bicampeón mundial por primera vez en la historia. Los miles de argentinos que saltan y se abrazan en las tribunas de este estadio tan ajeno a nosotros, con nueve pisos, pantallas 360 y hasta escaleras mecánicas para pasar de una tribuna a la otra, se funden a la distancia con ese puñado de jugadores que se ven chiquitos, bien chiquitos, apiñados contra uno de los arcos, extendiendo los brazos, intentando acortar la distancia con quienes llegaron hasta acá. Hay gente que vendió su auto, que renunció al trabajo, que dejó a la familia, pero encontró otra acá. Argentina disfruta. Inglaterra llora. Nadie negará que se disfruta el doble. España es la próxima parada. Y el título está, otra vez, más cerca que nunca.

Hay que vivirlo para sentirlo. Porque esta selección volvió a demostrar que tiene algo distinto. Cuando los de adentro ya no daban más, los de afuera entraban como si el partido recién empezara. Siempre aparecía uno. Siempre había una pierna, una corrida, un cruce, una respuesta. Así también se juegan los Mundiales. En su séptimo partido, Argentina volvió a encontrarse con esa versión que había enamorado en Qatar. Ya no hay corazón que aguante. Pero todavía queda uno más.